La semana pasada fui a ver la exposición sobre Sorolla que se presenta en el palau Martorell. Bien, muy bien. Sorolla es una de mis debilidades.
La exposición incluye obras y documentación muy interesante, la recomiendo encarecidamente. Cuando fui no había mucha gente, lo que permite admirar los cuadros con tranquilidad. Lástima que, como en otras muchas ocasiones, deba quejarme del tema iluminación.
No entiendo como se cometen aun estos fallos.


Así, de medio lado, tuve que ver los cuadros. En fin.
Aun así la recomiendo, es difícil ver «tanto» Sorolla reunido, supongo que el cierre temporal del museo en Madrid tendrá algo que ver.


Donde sí pude ver cuadros de Sorolla, perfectamente iluminados fue hace unos años en Londres. Aquí os comparto la entrada que en su día publiqué de aquella expo de la que salí como quien viene de un Parsifal, pero menos sombrío.
ESTE POST LO PUBLIQUÉ ORIGINALMENTE EL 22 DE JUNIO DE 2019.
Eso de tener una hija instalada en el extranjero a veces es durillo, especialmente para ella que ha tenido que enfrentarse a dos maternidades continuas, diversas mudanzas y un sin fin de minucias aparentemente inocuas pero que pueden ponerte la vida muy difícil, especialmente cuando no cuentas con apoyo familiar directo.
Con el tiempo todas estas dificultades se van superando, salvo quizá eso de que los niños cada vez se acerquen más en tamaño a mi barbilla. Para evitar esos «saltos» y también porque los echo en falta a los cuatro es por lo que mis viajes a UK son bastante regulares.
En estas escapadas no solo abrazo niños y cocino sino que me dedico, como ya sabéis, a sacar partido de ese infinito mercado cultural que es Londres.
La National Gallery es casi parada obligada en mis excursiones, siempre hay cosas interesantes que ver y su fondo es tan amplio que no lo acabaré. Pero ayer no fui a ver Turner, Van Eyck, ni tantos otros ayer fui a ver a un artista español.
Ayer estuve en la exposición «Sorolla: Spanish Master of Light» la primera gran retrospectiva del pintor en el Reino Unido en más de un siglo.
Estos días un buen montón de British han descubierto algo tan obvio para los mediterráneos como la luz. Esa luz infinita encuentro entre el cielo el mar y la arena. Los lienzos de Sorolla hablan de tardes a la sombra con una limonada; de niños corriendo por la arena ardiente, lanzándose al agua y de sol brillando sobre sus pieles bruñidas.
Pero es que esa luz , al menos a mi, me huele a musgo en las cuerdas que atan las barcas de mi niñez, cuando aun había barcas de madera en las playas.
En mis playas las subían con un torno, en el mundo de Sorolla las subían con bueyes.
Sorolla pintaba rápido, a menudo al aire libre, en pequeño entoldados que protegían sus cuadros del viento y la arena. Siempre luchando contra el reloj para capturar el instante exacto en que la luz rebota en el agua o en la piel.
Pero es que además Sorolla sabía hacer que la luz saliera del agua como si el sol, su sol, hubiera decidido bañarse con los chiquillos.
Si, lo sé, se nota que me gusta. Me gusta porque a diferencia de otros pintores que admiro a este lo vivo, lo siento, lo huelo y casi lo puedo tocar en el mar, el mismo mar que él pintaba.
En esta exposición no solo se muestra sus famosas playas sino que se reflejan todas sus facetas, desde sus inicios de denuncia social hasta sus jardines finales.
En total 60 pinturas, muchas provenientes del Museo Sorolla de Madrid y de colecciones privadas que rara vez ven la luz.


Aunque hoy lo vemos como un clásico, en su época fue una superestrella internacional. En 1909, su exposición en Nueva York atrajo a ciento sesenta mil personas en un mes.
A diferencia de los franceses, que a veces disolvían la forma en manchas, Sorolla mantenía una estructura de dibujo sólida bajo un torrente de luz blanca y azul.
Lo más destacado de esta exposición quizá serían: «Paseo a orillas del mar» (1909): La imagen central de la expo. Su mujer, Clotilde, y su hija caminando por la playa de Valencia. Es el triunfo del blanco sobre el azul; el movimiento de las gasas al viento es casi cinematográfico.

- «Trata de blancas» (1894): Un cuadro de su etapa de realismo social. Muestra a mujeres jóvenes dormidas en un vagón de tren, vigiladas por una celestina. Sorprende por su dureza y por lo bien que capta el ambiente opresivo de un espacio cerrado.
- «Madre» (1895): Uno de los cuadros más conmovedores de la historia. Clotilde y su hija recién nacida entre una inmensidad de sábanas blancas. Es un ejercicio minimalista de variaciones del color blanco.
- «Cosiendo la vela» (1896): Un prodigio de composición donde la luz del sol se filtra a través de las hojas de las parras, creando motas de luz sobre la enorme tela blanca de la vela.
Dicen que los críticos han dicho de esta expo que, «al salir de la exposición Trafalgar parecía estar en blanco y negro»












