Ayer declaré oficialmente inaugurado el que se presenta como un febrero particularmente intenso en lo operístico. Y lo he empezado con el ensayo de el Ballo, que de otra forma no habría podido ver, por motivos que ya se veran.
Despues del Ballo de 2017 más bien tétrico, en lo escenográfico, aunque con un Piotr Beczala espléndido, pero sobretodo con aquel lamentablemente inolvidable y traumático que perpetró Bieto allá en los incios del siglo. Dios! como pasa el tiempo. Pues mira a servidora, que aun le dura el trauma, de los ministros con los pantalones bajados sentados en sendos tronos del «señor Roca», pues como que iba con un cierto temor, vistas las fotografías y la publicidad con que el Liceu promociona estas representaciones.
Pues que sepáis, este Ballo está más cerca de esto:


Que con mi curriculum, lo de transgresor lo dejo entre comillas, porque no hay para tanto, y que en general me ha gustado.
Puestos a buscarle una pega, es que hoy, yo estaba en el cuarto piso, y que ha tenido que pasar un buen rato hasta que me he dado cuenta de que no, esta vez el coro no estaba escondido , algo demasiado habitual en el Liceu. El coro estaba en el escenario pero estaba allí colgado tan arriba que no se le veía y tampoco se le oía demasiado bien. Pero últimamente esto del coro no acaba de funcionar.
Los cantantes eran los del segundo reparto, pero en un ensayo de los cantantes no hay que decir nada, lo suyo es aplaudir y esperar al estreno







