Esta tarde he tenido que ir de urgencias a que me pusieran un tornillo, no en la cabeza de momento me apaño con lo que aún tengo, pero todo se andará. El tornillo que me faltaba era de las gafas.
Lo mio con las gafas empezó hace tanto tiempo que aquello de la «vista privilegiada» que un dia tuve, que en su momento me permitió ver en la distancia que el faro de Portinatx estaba apagado (una aventura nautica legendaria en la familia) Esa vista privilegiada que para mi es un lejano recuerdo para la mayoria de los que me rodean es un mito. Dicho de otra forma, a poco que me despiste llevaré más años con gafas que sin.
Empieza casi como una broma.
“¿Esta es la bombilla de siempre?” pregunté “Y yo qué sé” fue la respuesta que obtuve de mi marido.
Substituyendo la bombilla de 60 por una de 100 fui tirando, al menos durante un tiempo, justo hasta que el portalámparas se quemó. (lo de las bombillas de Leds en aquel momento era una palabra por inventar),
Tuve problemas con el teléfono, lo dejé bloqueado tres veces seguidas, ¿cómo iba yo a acertar los numeritos del PIN?. Despues estaba lo del brazo que se me había quedado corto para la lectura , y que los fabricantes de yogures parecían haberse puesto de acuerdo para poner la fecha de caducidad cada vez más pequeña. Al final llegué a la conclusión de que quizá aquel momento era tan bueno como cualquier otro para pasarme por la óptica.
“Estas” recuerdo haber dicho señalando unas Gucci, que en palabras de mi amiga Maria José, no era bonitas, eran un amor.
“Lo siento, pero esas no podrán ser” dijo el joven que me atendía y que hasta ese momento me había parecido de lo más simpático “son demasiado pequeñas para unas progresivas”. Hay que tener mucha entereza para que el salto de «vista de lince» a «progresivas» no acabe en antidepresivos. Pero bueno lo superé .
Recuerdo como si hubiera sido ayer mi primer dia con gafas. Aun me parece sentir la emoción que me embargó al sentarme al volante y reconocer todos los simbolitos de los botones “Ostras pero si hasta tengo antiniebla” pensé admirada.
Estaba calculando cuantos meses hacía que tenía que haberle cambiado el aceite al coche, porque ya podía ver el kilometraje, cuando por el retrovisor vi a una mujer haciéndome señas. “como poco está a quince metros” calculé con orgullo.
“Hola. ¿Pero qué te has hecho? Estas guapísima” dijo/mintió. Las palabras de Carmen fueron inmediatamente ratificadas por Carlota, la farmacéutica “te sientan la mar de bien”.
Me resultaba tan estimulante recoger opiniones favorables a mi nuevo look que, a pesar de que no me hacía ninguna falta, pasé por la pescadería, la carnicería, y también por la mercería, el estanco y la oficina de correos.
Ante mis ojos se abría un nuevo horizonte, y nunca mejor dicho porque ahora lo veía; como también veía la nueva señalización de la carretera, que verla ya la veía antes, pero no había manera de leerla.
Con las gafas podía leer incluso la pantalla del móvil y también el comprobante de la multa que me puso aquel agente cuando me pilló in fraganti, teléfono en mano, diciéndole a mi hija que por primera vez en mucho tiempo, podía ver la hora en el reloj. (creo que por aquel entonces no te sacaban puntos)
Así de feliz y satisfecha llegué a casa, con la seguridad que te da el acertar el ojo de la cerradura a la primera.
Con tanto paseo, y tanta charla me habían entrado unas ganas de ir al baño tremendas, y allí fue donde, una vez satisfechas mis necesidades más perentorias y después de reponer el papel, que para mí que en casa se creen que se pone solo, me lavé las manos y al levantar la vista me vi en el espejo y el mundo se me vino encima.
Y es que en realidad el problema de las arrugas, no es tenerlas, sino verlas.
Ahora tengo más arrugas, pero no duelen igual






