Liceu,medio siglo de mi memoria

Junto a la puerta de lo que vendría a ser mi «Batcueva», allí donde dibujo, escribo, donde guardo mis pequeños tesoros; mi parcela personal, tengo colgado este «pequeño» cartel.

Los que ya llevan años rondando por eso que antaño algunos pomposamente llamaban «el gran coliseo de la Rambla», enseguida habrán reconocido uno de los cartelones que antiguamente anunciaban los espectáculos. Este es un cartel original que llegó a mis manos, fruto de aquellas casualidades, casi mágicas, con las que a veces la vida nos sorprende. Ese 18 noviembre de 1969, siendo yo una cría, tuvo lugar mi debut operístico, en el quinto piso, de la mano de mi hermano Ferran a quien, aunque solo sea por eso, he de estarle agradecida toda la vida.

A lo largo de los años, he tenido oportunidad de conocer otras muchas salas y teatros, he escuchado música en diferido o en directo, en cine o en casa; óperas, conciertos, recitales. He tenido la suerte de poder escuchar artistas consagrados y otros que lo serán en el futuro y muchos más que simplemente desaparecieron de mi recuerdo.

Hoy 4 de abril se cumplen los 175 años de su inauguración, y ayer el Liceu celebró su fiesta de cumpleaños. Una fiesta a la que acudió casi todo el mundo, los de «la foto», los que saben mucho, los que lo saben todo, los que van porque les gusta, los que van porque «en un día así no se puede faltar», alguno esperando ver a Netrebko, muchos preguntándose qué querían decir aquellos maniquíes.

La ópera es una emoción, decía un acertadísimo slogan que hace ya unos años publicitaba el teatro. Nada más cierto.

Entre esos muros, antes de mampostería, hoy de hormigón, aprendí a amar el silencio a través de la música. Volé a otros mundos siguiendo la etérea belleza que Caballé tejía con el mismo aire que yo respiraba, solo por sobrevivir. Allí, por primera vez, sentí crecer dentro de mi una explosión de sensaciones perturbadoras simplemente dejándome llevar por la fuerza de un crescendo. Un día, también allí, Wagner entró en mi vida y me di cuenta de que gracias a la música yo podía ser mejor persona. Todas esas cosas y muchas más las he vivido en el Liceu.

Backstage del Liceu – mayo 2010

Ayer, al término de un Nessun Dorma, con una enorme carga emocional, el telón se levantó y el escenario se abrió de par en par al público para mostrar su alma, su gente.

En ese momento de catarsis colectiva, yo pensé en la amistad, en la de Sebastiá, ayer habría sido su cumpleaños, en Ferran y nuestras charlas «pictóricas» esperando a los visitantes. En Montserrat una mujer con la elegancia de saber apartarse antes de que la dejasen de lado. En Gemma y su sonrisa. En Adela, sin ella muchas cosas no habrían sido posible, Angela, Rosa, Ramon, Natalia, Marc, Montse, Anna, Lutz. Ellos y muchos más también somos o hemos sido El Teatro.

Estoy profundamente agradecida por esos, a día de hoy no sé si conclusos, más de quince años, en los que he podido ser parte activa de esa aventura cotidiana que es la ópera.

Por eso, ayer al dejar mi butaca, aun levitando, abracé a mi amiga Pilar porque ella desde su puesto en seguridad, ella también es el teatro. Ayer en el escenario eran muchos, pero no todos.

Muchas felicidades querido teatro, has llegado hasta aquí superando bombas, guerras; pequeñas y grandes revoluciones, has sobrevivido a malos cantantes y a peores gestores.

Cada día, cuando se alza el telón, soportas estoicamente toses, caramelitos, charlas y más de un teléfono. Pero todo eso, también los teléfonos a destiempo los provoca tu público, que no es perfecto, pero te ama.

Feliz aniversario a todos los que de alguna manera u otra SOM LICEU