machismos varios – noche de oscar

No, no seré yo quien me meta en el fregao ese del Príncipe de Bel-air. Menuda paliza en todos, todos los medios sin excepción. Que cuales son los límites del humor. Que tendrá alopecia pero que está muy guapa. Que si estaba todo preparado o no.

Que sí, que la señora está muy guapa pero que tiene un problema y no esun problema menor.

Que desde mi perspectiva de persona que lleva fatal lo de las bromitas, especialmente cuando viene de un cuñado, los límites del humor los pongo yo. Y de haber sido yo la afectada la gracieta del elemento ese, los habría rebasado todos.

Que lo del príncipe hasta lo entiendo porque llevar media vida siendo príncipe en una republica, deja huella, no necesariamente buena, y si además has salvado a la humanidad del ataque alienígena lo menos tres veces peor me lo pones. Con todo esto y sin necesidad de leer muchos libros de caballería o novelas románticas del XIX. Pues que menos que cuando ves, sientes o percibes que han ofendido a tu mujer, te levantes, cruces el espacio sideral y salgas en su defensa cruzando la cara del ofensor con tu guante o tu mano retándole a un duelo al amanecer, pasando mucho del pequeño detalle de que no estamos en la edad media y que la cosa de la violencia está siempre fuera de lugar.

Lo que pasa es que yo, que tengo una mente retorcida, no puedo dejar de preguntarme qué habrían dicho todos los tertulianos esos que igual comentan un volcán que una guerra; que saben de tanques y misiles y de vacunas y de inflaciones. Vamos unos genios. Qué comentario habrían hecho si la que se levanta es la ofendida, atraviesa la pasarela y le cruza la cara al «pocasolta» ese.

Habría sido un puntazo, el problema es que primero habría tenido que bajarse de los tacones, arremangarse la falda, quizá aflojarse la cremallera del vestido para poder respirar y acto seguido propinar la bofetada, eso sí, sin que se le corriera el rímel y sin dejar de sonreír a cámara.

Todo eso, los tacones, la falda y el perder tu identidad todo eso también es machismo, que no solo daña tu autoestima y menoscaba tus derechos sino que además te destroza la espalda y los pies.