El arte de medrar

Fragmento –

No hace muchos días, una tarde de lluvia, estaba en casa echada en el sofá viendo un culebrón, cuando de pronto, sonó el teléfono. 

Al oír la escandalosa voz de mi cuñada me asusté, no sin motivo,  porque las llamadas de mi cuñada suelen anunciar un nuevo e inacabable discurso sobre cualquiera de los productos que suele vende unos tarritos herméticos de cuyas fantásticas propiedades no se  privó de hablar. Pero aquel día, la voz de mi cuñada sonaba particularmente excitada. Su llamada tenía dos motivos. 

Por un lado, quería hacerme saber que por fin se había quitado de encima al bobo de su marido, que casualmente es mi hermano. Una noticia que fue muy bien recibida tanto  por mi hermano que con seis años de penitencia ya había tenido más que suficiente, como por mi misma porque con el divorcio mi cuñada dejaba de serlo. 

Y por otro lado, sin duda lo más importante, al menos para ella, quería comunicarme que por fin había aprobado las oposiciones a secretaria de juzgados, que llevaba arrastrando desde hacía cuatro años. O lo que es lo mismo: que muy pronto conocería a mucha más gente a quien intentar endosar sus tarritos herméticos. 

Mi cuñada estaba que no cabía en sí de gozo. Me habló de sus proyectos, de los muchos extras que con el tiempo podía llegar a tener su, más bien escaso, sueldo; de lo mal que lo pasó el día del examen y de cómo le sentaban de bien los reflejos rubios en su nuevo peinado. 

Cuando finalmente pude deshacerme de ella, ya no llovía y hacía bastante  rato que había acabado el concurso que emitían después del culebrón. 

Su llamada no habría tenido mayor trascendencia si no fuera porque al día siguiente me encontré con el sobrino de la portera, quien por Navidad había venido con ella de Córdoba y que ya estaba de ordenanza en el ayuntamiento; incluso había dejado a un lado al Betis de sus amores y ahora no se perdía un partido del Barça. 

Pocos días después supe que el hermano de Juani, la pescadera, que según dicen en el barrio tiene unas manos de oro para quitar los callos, ha cerrado la consulta que tenía junto al mercado, porque ahora está de 5 a 7 en un ambulatorio. 

Fue también por esas mismas fechas que Puri traspasó el quiosquito de la ONCE, para hacer de telefonista en Hacienda. 

Y por si aún no tenía suficiente, mi sobrino, que en junio acabó medicina, se ha apuntado a un gimnasio especializado y ahora prepara las pruebas físicas para el examen de policía. 

Enseguida me  percaté de que, sin tener en cuenta todos los indirectamente relacionados, como bares, imprentas y academias, entre otros; en la gran mayoría de familias hay alguien directamente vinculado con la Administración o, que al menos, lo desea fervientemente. 

Tuve que rendirme a la evidencia y aceptar el hecho incuestionable de que la Administración forma parte inextricable de nuestras vidas, llegando a la conclusión de que nuestro planeta está constituido por cinco elementos básicos, a saber: aire, agua, tierra, fuego y Administración. Los cuatro primeros parecen haber mantenido, a lo largo de milenios, pese a nosotros mismos, un equilibrio más o menos estable. Pero el último, la Administración, experimenta un continuo proceso de expansión que en los últimos años se ha visto incrementado de forma exorbitante. 

A la Administración no hace falta buscarla, porque está en todas partes: en las agencias tributarias, en la inspección de trabajo, en los sellos de correos, en las monedas,  los semáforos de la calle,  la matrícula de nuestro coche, el suelo de nuestra casa e, incluso, en el collar del perro. Conoce nuestro estado civil, el número de hijos que tenemos, controla nuestras enfermedades y cómo, cuándo y dónde vamos de vacaciones. 

La Administración se encuentra en todas y cada una de las cosas que compramos, en aquellas que nos ponemos encima y en las que nos metemos en la boca; hasta cuando tiramos de la cadena del inodoro, la Administración está presente, o, lo que más o menos viene a ser lo mismo, la administración cobra. 

Porque la función básica de la Administración es cobrar. Cobra por casarnos, por divorciarnos, por parir y por morir. 

Con lo que cobra, la Administración gasta, pero eso lo hace más tarde y de una forma mucho más complicada y menos directa. 

Pese a su presencia constante en nuestras vidas, la Administración no dejaría de ser un ente abstracto e intangible si no fuese porque se le ha dotado de una entidad física que se hace presente en los edificios que ocupa, el papel con que nos escribe y, sobre todo, en el cuerpo del funcionario.  

Así pues, para el ciudadano de la calle, si es que todavía existe, se produce una inmediata identificación entre el funcionario y la Administración, de forma que no se puede entender al uno sin la otra, ni es necesario malgastar el tiempo intentando averiguar, como en el caso del huevo y la gallina, cuál de los dos fue primero. 

Pocos serán los que se atrevan a jurar que nunca, a lo largo de su vida, no han deseado en un momento u otro llegar al dorado Paraíso al que sólo acceden aquellos que ven hecho realidad su sueño. Sueño que se materializa en un matrimonio, casi siempre de por vida, con su mesa, su archivador y sus papeles. 

Visto el proceso expansivo a que la Administración nos somete y que llega a sobrinos, hijos, hermanos, esposas, maridos, padres y, en algunos casos, hasta a los abuelos; podemos afirmar que nadie puede considerarse al margen de este fenómeno porque  en cualquier momento, alguien muy cercano a nosotros, o tal vez nosotros mismos, podemos vivir el instante sublime de iluminación en que ante nosotros se abra un nuevo horizonte de futuro. Es entonces cuando tomamos  la gran decisión: entrar en la Administración.  

Y a partir de ese día nuestra vida girará en torno a este complicado, incierto, atrayente y a la vez desconocido mundo. 

Este libro nace con la intención de dar un conocimiento más amplio de la mecánica interna de la Administración a todo aquel que aspire a ser funcionario. Con la finalidad de facilitarle algunos consejos prácticos que le permitan sobrevivir en un engranaje tan complicado. Y de paso, sacar un provecho mayor de sus capacidades, si es que las tiene; y si éste no es su caso,  no se preocupe, porque tampoco es que las necesite. 

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