nunca sabes qué puede pasar…

Esta ha sido siempre una màxima de mi querida suegra y de las suegras de todos, supongo. ¡Dios! yo también lo soy, y abuela también. ¡Agh! digo yo que algún día me acostumbraré, pero la verdad es que visto lo visto me temo que aun no formo parte de ese venerable colectivo, al menos en lo que a «underwear» (lease bragas, calcetines y demás prendas que encajan en el concepto «nunca saber qué puede pasar» se refiere. Un concepto aplicable a: tienes un accidente y tú con un tomate en el calcetín, Solo por poner un ejemplo.

Esta mañana mi hija terminaba su periplo desde Uruguay a UK, con parada en el Maresme. Ayer la compañía le aviso de que su vuelo había sufrido un pequeño cambio, en lugar de salir a las 10,30 lo haría a las 7.10. Tres horas de adelanto que cuando viajas con dos críos, 9 maletas (durante su estancia se han multiplicado) tres mochilas y la ya conocida guitarra provoca lo que en catalán llamamos un daltabaix, que vendría ser un descalabro.

El plan original era desplazarnos con dos vehiculos al aerpuerto pero a la vista del madrugon decidimos cambiar nuestros planes y mi hija reservó un taxi, monovolumen, especificando de forma casi obsesiva que viajaban tres personas, nueve maletas, tres mochilas y la guitarra.

Así las cosas hoy a las 4.30 ya estabamos, como quien dice a punto de marcha. Lo estabamos a las 4.30, a las 4.40, a las 4.50 y a las 5 que era la hora convenida, sí un poco justo pero fue decisión suya. A las 5.10 el taxista seguia sin aparecer cosa que hizo a las 5.18, al volante de un Prius que claramente no encaja en el concepto monovolum grande.

Así las cosas y sin echarme nada al cuerpo, sin beber un triste vaso de agua. Me eché una chaqueta por encima me subí en el coche y para allà que nos vamos.

Sorprendente y preocupante la cantidad de coches que circulaban a aquellas horas. Afortunadamente conseguimos llegar indemnes al aeropuerto en tiempo y forma justitos pero a tiempo con las 9 maletas, las tres mochilas, los niños, el monton de papeles que mi hija ha necesitado para volver a UK y la guitarra.

Y todo eso, lo he hecho en ayunas y en pijama.

Afortunadamente hoy he dormido con unos aburridos pantalones de pijama grises.

Pero lamentablemente esos pantalones son unos de esos, que casi todos tenemos y que, por derecho propio, forman parte de nuestra memoria. Esos que cuando los metemos en la lavadora casi sentimos la necesidad de elevar una oración para que la maquina nos los devuelva indemnes. Y es que esos pantalones que son como una segunda piel, que por aquello del uso excesivo casi enfermizo han acabado por generar unas nada sugerentes transparencias , casi siempre en la parte interior de la pierna.

Unos pantalones que son más que un trozo de tela, ellos nos conocen y saben que cuando nos damos la vuelta en la cama han de hacerlo con nosotros sin generar molestas arrugas.

Unos pantalones tiernos, tanto que los bajos casi desahacen pero por los que, a pesar de todo o quizá precisamente por ello sentimos un profundo cariño.

Pues con esos pantalones, una camiseta blanca de tirantes que va por el mismo camino, una chaqueta de hace unos doce años y unas bambas que solo uso en casa cuando me duele el tendon y que empiezan a abrirse por la punta, con ese outfit, como diría mi nuera, y una pinza en la cabeza, así he cruzado a la carrera la T1 empujando un carro cargado hasta la indecencia, al grito. de

  • Lavia go! go! you are casi arribant. go! go! go!.

nota. En la empanada linguistica que llevan los niños, cualquiera les dice que eso de «Lavia» en realidad no va así. Ya habrá tiempo

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