Vuelta al mundo real

No negaré que la semana pasada me sentía un poco como mi suegra que siempre que la dices que la llevarás algun sitio, sea esto dentro de una semana o dos meses, ella agarra la maleta, pide hora a la pelu y se pone de los nervios. Pues un poco así me sentí cuando me encontré con la maleta delante y me enfrenté a la duda de donde diablos tenía guardados todo los trastos de viaje, a saber: botellitas para productos de aseo, cajita de pastillas (antihistaminicos, algo para la jaqueca y unos cuantos por si acaso). Y esto es porque desde mi accidentado viaje a Argentina del pasado año, no había vuelto a subir a un avión.

De entrada diré que vi más gente de la que esperaba encontrar, claro que mi recuerdo más inmediato era un aeropuerto de Ezeiza, siempre caotico, que en aquella ocasion perfectamente ordenado en un larga fila de pasajero de un único vuelo y Madrid, lo más parecido a la nevera de un estudiante, desierto.

Muchas cintas de esas para dirigir el ganado que al final indefectiblemente acaba apelotonado en la cabina del avión. Por mi como si quieren cantar misa, pero que no te puedas sentar junto a tu marido/burbuja, que los servicios estén la mitad cerrados, que cualquier producto que consumas (y aun gracias que hay cafeterias abiertas) este monodosificado en lo que es el paraiso del plastico total para que despues acabes embutido en la cabina del avion, y digo embutido porque he viajado lo suficiente con vueling como para poder afirmar que el espacio entre hileras se ha encogido. si puedo oler los pies del tio de atrás me como sus virus. A por cierto lo de tomar la temperatura se ve que ya no se hacer. Y conste que no soy para nada paranoica; pero llevo muy mal las inconsistencias, como cuando esta semana santa la generalitat se empeñó en que yo no pudiera comer con mis hijos en el porche de mi casa pero si en el restaurante de al lado. Pasemos página.

Destino Galicia, aeropuerto de Santiago de allí a Pontevedra. Quien haya recorrido las autopistas gallegas sabrá de su aficion por los viaductos y la ausencia de lineas rectas, que las convierten en una versión extended del Dragon Khan, si a eso le sumas mi marido al volante, y al lado su hijo, que también es mio, con hambre y la hora de cierre de cocina en la restauración acercandose peligrosamente. Se entenderá más facilmente que en el momento de llegar a destino sintiera el irrefrenable deseo de agradecer al apostol que velase por nosotros y no soy de misa pero la desesperación tiene esto.

No hospedamos en el parador de Pontevedra no tanto por gusto como porque no habia otra opción en la zona de Sanxenxo los pocos hoteles abierto lo estaban solo durante el fin de semana y nosotros llegamos en jueves, la primera intención fue el parador de Cambados pero segun me informaron alguien celebró una fiesta familiar y Cambados quedo cerrado y todos establecimientos fuera de servicio.

En este contexto y con la certeza de que me había dejado en casa el bolso para la boda, porque ese era el motivo del viaje. El viaje pintaba entretenido.

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