Cuarentena – dia 9 – Cuestión de prioridades

Por cosas de la fecha de nacimiento mis padres vivieron la guerra española en vivo y en directo y también la inacabable posguerra que la siguió. Una posguerra marcada por la escasez de todo. Eso les dejó a ellos y, a varias generaciones, un terror ancestral a la falta de alimentos.

Cuando yo era niña en casa no podías dejarte nada en el plato so pena de escuchar la consabida frase, “la guerra hauries d’haver passat, sabrias el que és tenir gana” (la guerra tenias que haber pasado y sabrías lo que es tener hambre)

Esa gana/hambre tenia nombre propio y se hablaba de ella como de la tia encarna de Astorga. Ese miedo provocaba que al menor vaivén, ya fuera crisis del petróleo del 73, caída de bomba en palomares, o visita de Franco a Barcelona (eso último muy especialmente) enseguida se producía el fenómeno azúcar y harina. La gente se ponía a comprar azúcar y harina como si no hubiera un mañana, siempre dentro de sus posibilidades, más bien pocas. Porqué lo hacían? mi madre nunca me lo supo explicar muy.

Hace unas semanas estaba yo tranquilamente en mi territorio habitual tomando un cafe, cuando en las noticias empezaron a hablar de cómo en Italia estaba desapareciendo el papel higienico. Aluciné pepinillos, ¿Realmente la gente estaba acaparando eso? .

Por increíble que fuera la circunstancia, una cosa sí quedaba clara. Las prioridades habían cambiado. Lo que me llevó a pensar en cuanto papel necesita por semana una familia de pongamos seis personas, y cual es la capacidad de almacenamiento real, porque el papel abulta más que la harina. En aplicación del principio universal del “porsiacaso” aquella mañana volví a casa con un paquete más de papel, que no figuraba en la lista. El tema quedó en el olvido hasta estos últimos días cuando medio mundo se ha lanzado a los supermercados siendo el papel higiénico un producto estrella.

Así las cosas, un día entre el servicio de un restaurante en San Andres de los Andes y me encontré con la sorpresa de que junto al inodoro había un bidé. Algo que nunca antes había visto en un servicio público. Y es que poca broma porque en argentina el tema del bidé no es baladí.

Frances de nacimiento los argentinos lo adoptaron como quien adopta un hijo siendo para algunos, como el arquitecto Jorge Tartarini , un motivo de orgullo nacional., de lo que se entera una.

En Europa, incluida Francia cuna de tan venerable invento, el bidé va de baja.

Unos dicen que el bidé es para los que no se duchan, otros que es antihigiénico. En realidad es una simple cuestión de espacio, los pisos son cada vez más pequeños. A lo que me permito añadir que poner bidé significa más tubo, más conexiones, grifos, juntas y horas de fontanero que es un trabajo del todo honorable, digno y necesario pero que me sigue costando entender que mi fontanero gane más que mi nuera que a estas horas entra de nuevo de guardia en el hospital para pasar una cantidad indecente de horas atendiendo enfermos y otros que no lo son tanto. A ella, como al resto de sus compañeros es muy probable que no le llegue el sonido de los aplausos de agradecimiento que cada noche, dicen, a las 20 horas suenan en muchas ciudades por su labor. Y eso es muchas veces por mas fuertes que los aplausos, suenan en ocasiones las quejas de esos médicos de salón que guiados por la sabiduria televisida ya vienen con el diagnostico yel tratamiento de casa y pobre de ti que te desvies un poco o no le hagas todas las pruebas que ellos consideren, se les ha de hacer.

Esos doctores de mando a distancia intentaran hacer valer sus argumentos mediaticos por encima de sus conocimientos médicos, si es necesario a gritos.

Paciencia, cariño, paciencia. Y cuidado, mucho cuidado.