En el último post dedicado a este tema, quedó bastante claro, que los viajeros eran gente económicamente solvente, pero que no todos tenían nivel de gasto.
Unos volvían con una Venus de marmol tamaño natural, apañada o no; otros encargaban pinturas de Canaletto y los demás, la mayoría supongo, tenían que conformarse con cosas a priori más sencilla, como las estampas y grabados.
Para quienes no podían costearse un óleo de Canaletto (o para quienes querían llevarse docenas de recuerdos de cada ciudad), la solución eran las estampas y grabados.
Y en ese campo, un nombre destaca por encima de todos, el de Giambattista Piranesi.
Giovanni Battista Piranesi (1720–1778) nació en Venecia donde se formó como arquitecto. En 1740 se mudó a Roma, donde no le fue del todo bien, su única obra importante fue la Iglesia de Santa María del Priorato. Supongo que la necesidad obliga y Piranesi, a falta de edificios, acabó construyó una civilización entera en sus grabados.
Su producción fue masiva (se le reconocen más de 2,000 grabados).
Dentro de su basta producción destacan tres colecciones más.
Le Antichità Romane (1756): Un estudio exhaustivo de los restos de la Antigua Roma. Piranesi documentó restos que estaban desapareciendo. Su innovación fue el uso de la sección transversal y el detalle técnico. No solo dibujaba la superficie, sino también los sistemas de cimentación, cloacas y acueductos, demostrando que la grandeza de Roma residía en su infraestructura.
Esta serie era mucho más que un souvenir para ricos, era un estudio profundo de la antigüedad que lo metió de lleno en la polémica arqueológica de mediados de siglo. Mientras teóricos como Johann Joachim Winckelmann defendían la «noble sencillez» del arte griego como la única fuente de pureza, Piranesi publicó en 1761 Della Magnificenza ed Architettura de’ Romani. Donde defendía que la arquitectura romana no era una derivación decadente de la griega, sino una evolución técnica y estética superior, con raíces en el mundo etrusco.
su otra gran colección fue le Vedute di Roma (Vistas de Roma) que le hizo más famoso a nivel europeo.
Se trata de estampas de gran formato que capturan la grandiosidad de la ciudad que ya era grande pero que él aun la hacía. Especialmente en esta colección Piranesi solía alterar la escala, jugando con la perspectiva. Mediante el uso estratégico del punto de fuga bajo y la reducción de las figuras humanas (macchiette), Piranesi otorgaba a las ruinas una escala tan irreal como gigantesca. Los viajeros llegaban a Roma esperando encontrar aquellas ruinas colosales y, a menudo, se sentían decepcionados por la escala real de los monumentos. Algo así como ver la playa de Phuket en Instagram versus la realidad.
Piranesi tenia su taller en la Via del Corso, ayer y hoy, punto de paso casi obligado para los turistas. Desde allí exporto al mundo el ideal clásico.
En Inglaterra el arquitecto Robert Adam, amigo de Piranesi, hizo suyo el tratado Vasi, candelabri, cippi, sarcofagi… (1778) que se convirtió en el catálogo de referencia para el diseño de interiores en toda Europa. Exportó un vocabulario de motivos decorativos (garras de león, guirnaldas, bucráneos) que definiría el gusto neoclásico internacional. De repente los escenarios en que se desarrollaba la vida social británica, se llenaron con la exuberancia romana.
Es la época de las «Print rooms» Salas de Estampas. una tecnica decorativa que consistía en pegar los grabados de Piranesi directamente sobre las paredes de una habitación, creando un collage gigante de Roma. Luego se pintaban marcos alrededor .
El mobiliario se llenó de patas de león, guirnaldas o cabezas de medusa.
Este gusto o obsesión por lo clásico llegó a niveles extremos. Muchos nobles ingleses se hacían construir en sus propiedad «ruinas romanas» a imagen y semejanza de las que veían en los grabados de Piranesi. Se las conocía con el nombre «Follies» (Caprichos). Eran ruinas artificiales diseñadas para parecer antiguas y románticas, colocadas estratégicamente en sus jardines para ser contempladas , por ejemplo, tomando un te.
El impacto en Francia también fue enorme. Arquitectos como Étienne-Louis Boullée heredaron de Piranesi la idea de que la arquitectura era más que un espacio habitable o funcional y que debía despertar emociones primarias a través de volúmenes puros y a todas luces desmesurados.
Dejo para el final una última colección o faceta en la obra de Piranesi. Le Carceri d’Invenzione (las cárceles imaginarias). Publicadas inicialmente en 1745 y reeditadas con mayor oscuridad en 1761, las Cárceles rompen con el racionalismo de la Ilustración. Son espacios de una complejidad matemática imposible, donde la arquitectura se convierte en un algo opresión. Son laberintos de escaleras que no llevan a ninguna parte, poleas, cadenas y espacios infinitos que desafían la lógica espacial. Si conocéis la obra de Escher, sabréis de qué estoy hablando. Hubo una época en mi vida que se convirtió en casi una obsesión hasta el punto de que en casa tengo la serie completa puzzles de sus dibujos, y no son fáciles.


En resumen, el Grand Tour fue un puente cultural que permitió el florecimiento del Neoclasicismo en el norte de Europa, pero a costa de un vaciamiento patrimonial sin precedentes en el suelo italiano, cuyas consecuencias aún se ven hoy en los grandes museos del mundo, como el British Museum.







