En alguna ocasión me han preguntado porqué escribo sobre temas artísticos, una pregunta que de forma sutil, o no tan sutil, desliza el concepto «si no eres nadie».
Punto primero, ese nadie soy yo, que para mi ya es mucho.
Segundo, en un mundo en que a la primera de cambio los medios, oficiales y no oficiales, se llenan de supuestos vulcanólogos, astrofísicos y sobre todo expertos en geopolítica. Una «especialidad» que aun no tengo del todo claro que es. Personalmente me siento totalmente autorizada para escribir sobre arte, música, cocina, jardinería, la reproduccion del caracol y, en general, de lo que me de la gana.
Además cuando escribo cosas del tipo, experiencias de viajes o acerca de un cuadro o autor, en realidad lo hago para mi misma. Cuando un tema atrae mi curiosidad, me gusta profundizar en él y conocerlo un poco mejor, y cómo sea que no me fio de mi memoria, publicarlo aquí es una muy buena forma para tenerlo presente. Un sistema que recomiendo.
Dicho esto, hoy quería hablar del Gran Tour, un tema que siempre me ha interesado, especialmente desde que hace años, unos amigos me regalaron este libro.

Este libro es básicamente la crónica personal de una crisis creativa resuelta mediante una huida. Traducido al «cristiano» «patada palante» Una patada que le llevaría a Italia
En 1786, Goethe marchó a Italia, mas que a encontrar ruinas a encontrarse a si mismo. Roma, su luz, el entorno, los restos del antiguo imperio, todo esto actuó en él como una consulta al psicólogo.
Por eso el libro no es tanto una guía de viaje como una especie de diario, donde igual habla de botánica como filosofía. Bueno como lo que hago, pero claro él es Goethe.
Es un poco contrasentido el que este libro despertase mi interés por el Grand Tour, porque los viaggiatori (los viajeros) no iban tanto a buscarse a si mismos, que también, como a ver con sus propios ojos todo aquello de lo que tenían cierto conocimiento a través de los libros, (esto me perdonaran pero suena un poco a Instagram) y lo que es más importante, al regreso darle la paliza a amigos y cuñados, no con las diapositivas o los infumables videos en RRSS, sino que ellos lo hacían de maneras más sofisticadas. Pero vamos por partes.
El fenómeno del Gran Tour, realmente fue un fenómeno, que involucró a jóvenes de toda Europa, (alemanes, escandinavos, rusos) que tenían en común, más o menos interés en la antigüedad y, sobre todo, que tenían dinero.
Porque el Grand Tour era cosa de ricos, especialmente de ricos aristócratas ingleses. Ellos son los que hicieron del «viaje» en una institución reglada y sistemática.
El término «Grand Tour» aparece por primera vez en 1670 en la obra The Italian Voyage de Richard Lassels, pero el auge absoluto se produce durante el siglo XVIII (la era de la Ilustración).
En principio, y a pesar de lo de los cuñados, antes mencionados, el Grand Tour no se consideraba unas «vacaciones», sería algo parecido a un Erasmus, aunque la frontera entre un Erasmus y unas vacaciones es muy sutil. Pensándolo bien, quizá no es tan mala comparación
Se esperaba que el joven aristócrata aprendiera idiomas, ¡Ja! (eso aun lo intentan) modales diplomáticos, eso se les da bien, y que establecieran contactos con otras cortes europeas.
No eras un caballero culto, si no habías contemplado el Coliseo o el Apolo de Belvedere y habías tomado un té a la orilla del gran Canal , por ejemplo en el palacio Sagredo.
Los viajeros regresaban a casa con el equipaje lleno de «·souvenirs» estrechamente vinculados al poder adquisitivo del viajero, o de su familia. Segun esto se puede establecer el siguiente orden.
Nivel Top. Estatuas antiguas (mármoles romanos) .
Las estatuas en muchas ocasiones eran «montajes» a medida del gusto del comprador, a partir de diversos orígenes.
La cabeza de una pieza, el brazo de otra y así formaban pastiches que años después volverían locos a anticuarios, estudiosos, restauradores y directores de museos
Nivel Ricachón, porque ricos lo eran todos. Este seria el comprador de óleos de Canaletto o Guardi, normalmente se trataba de encargos. Un detalle, no menor.
El cónsul británico en Venecia Joseph Smith (c.1682–1770) actuó como intermediario, agente y comerciante de arte para los viajeros británicos del Grand Tour, especialmente en relación con las obras de Canaletto.
Smith actuaba como banquero y agente para los visitantes británicos gestionaba los encargos, facilitaba los pagos y se ocupaba, de los envíos de las obras a Gran Bretaña. Un marchante comisionista por llevarlo a nuestros días.
Un apunte más, si se daba el caso de que el comprador quería, por ejemplo recordar Venecia soleada, Canaletto pintaba cielos azules , soles resplandecientes y si se terciaba pues añadía escenas carnaval aunque el viajero hubiera visitado Venecia el mes de agosto.
Rico pero no tanto. Estos eran los consumidores de los grabados de Piranesi o Volpato.
Los quiero y no puedo. Para ellos estaban las pequeñas joyas con vistas de Roma, por ejemplo, hechas con teselas diminutas o gemas de pasta vítrea, vamos que una maleta les cabía toda Italia. Estos son los que hoy en día compran imanes 3 al precio de 2.
De Piranesi, hablaré otro día, porque merece un poco más de atención. Ahora se me ha hecho tarde.
Gracias por la atención. Nos vemos







