Días atrás os hablaba del cuadro «Los embajadores» de Hans Holbein el Joven. Una obra que, a otras muchas curiosidades añadía la de que estaba firmada, algo que, aunque nos pueda parecer extraño, en aquel tiempo era una rareza.
La costumbre de firmar los cuadros, tal como la conocemos hoy, es un fenómeno relativamente reciente .
A lo largo de los siglos, esta no fue una práctica universal ni constante. Su popularización está ligada a la evolución de la figura del artista y de la obra de arte como tal en el conjunto de la sociedad.
En la Antigüedad clásica, Grecia y Roma, algunos artesanos sí firmaban sus cerámicas o esculturas, pero no era una práctica generalizada, a menudo vinculada al hecho de «cobrar por la faena», algo parecido a lo que hacían los picapedreros que acuñaban su «firma» en las piedras de las catedrales, algo que se ve fácilmente, algo que se ve fácilmente en la mayoría de ellas
En aquel tiempo el concepto de «artista individual» Ese que suele vestir un poco raro en ocasiones dejado, que tiende a utilizar una gran cantidad de metáforas y sinónimos para definir su obra, existiendo a menudo una clara proporcionalidad inversa entre las descripciones y la «calidad» de la misma ( pero eso no se lo digas nunca, que el tonto eres tu) (Este es un momento adecuado para recomendar la obra «Arte» de Yasmine Reza)
En la Edad Media el anonimato era la norma.
Se conocen algunos autores pero no tanto porque ellos buscasen protagonismo firmando, como porque se sabe en qué taller se hizo tal o cual obra, volvemos a lo de las facturas.
A veces esa autoría se conoce por los apuntes contables de los monjes.
Durante el Renacimiento, ya es mas frecuente encontrar firmas en las obras. Es en ese momento cuando el artista deja de ser un simple artesano, para ser considerado un intelectual y una figura respetada en la sociedad. Bueno, no siempre.
En el norte de Europa , eso de señalar una obra como propia fue algo más extendido, un ejemplo es Alberto Durero.
A veces aunque no firmaban con nombre y apellidos, si usaban símbolos o monogramas.
En Italia, aunque no todos firmaban constantemente (como Leonardo, que casi no lo hizo, o Miguel Ángel, que firmó muy poco), la idea de la autoría individual ya había tomado cuerpo
Y eso se debió en buena medida a Giorgio Vasari quien en 1550 publicó «Las Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos» Este libro es el que elevó a los artistas a la categoría de figuras históricas , lo que fomentó la idea de que su nombre era importante.

Eso no quita que , durante el barroco los artistas mayoritariamente siguieran sin sentir como algo necesario, plasmar su firma en un cuadro, especialmente, y aunque parezca un contrasentido, para los muy reconocidos como Velázquez.
En el siglo XVII, los artistas de corte, como Velázquez, consideraban que no necesitaban firmar su autoría, porque esta no precisaba ningún tipo de refrendo, este sería el caso de Caravaggio o Murillo que también firmaron muy poco.
En realidad, la firma del artista empieza a tener algún sentido cuando el mercado del arte se expande, la firma pasa entonces a ser un sello de autenticidad y un indicativo de la calidad real o ficticia y el valor económico de la obra.
Esto es lo que provoca que en el siglo XIX y ya en el siglo XX con la aparición de figuras como la del galerista o el marchante la firma ya sea norma.
Estamos hablando de firmas con nombre y apellidos o símbolos, es decir firmas gráficas. Pero hay otras formas de firmas. Eso lo dejo para otro momento.








One response to “Y «eso» quién lo hizo. La firma en el arte”
[…] atras hablé del tema de las firmas de los artistas Y «eso» quién lo hizo. La firma en el arte […]