Mi madre diría aquello de, no hay mal que por bien no venga. Que dicho así, a toro pasado (expresión esta más española que el jamón) resulta fàcil. Pero no sé yo que pensarían los pobres pompeyanos cuando en el año 79 DC, se les vino encima, literalmente, una montaña de ceniza y fuego.
Con permiso de los sufridos pompeyanos, lo cierto es que a mi madre no le faltaba razón, porque gracias a esa misma erupción y a cómo se desarrolló la misma, a día de hoy podemos admirar unas de las grandes joyas del pasado clásico.
No solo «grande» en si misma, sino también y muy especialmente, porque abrió las puertas a un mundo casi desconocido hasta aquel momento, la antigüedad, se sabían cosas, cierto, se tenían ruinas, pero las pinturas de Pompeya y que mayoritariamente se pueden contemplar en el MANN, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, no solo llenaron los huecos de la historia del arte y de la propia Roma sino que a lo largo de los siglos aportaron y siguen aportando una información ingente sobre la vida cotidiana de los pompeyanos. Algo único.
Las excavaciones en Pompeya se iniciaron de forma sistemática a mediados del siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III de España, Rey de Nápoles y de Sicilia.
Estamos hablando del siglo XVIII y en aquel momento a nadie, con dos dedos de frente se le ocurriría dejar las pinturas en su lugar de origen para preservar «el rigor historico o la coherencia museística» conceptos aun por inventar. y que muy probablemente habrian acabado con la destruccion de las mismas.
La logica es muy simple, la corona habia promovido, incentivado y vete si saber si pagado las excavaciones, por tanto las pinturas , las que en aquel momento se encontraron acabaron en palacios y museos, como he dicho anteriormente en el MANN.
Para removerlas de su emplazamiento original se utilizó la técnica del «strappo», que significa «arrancamiento» en italiano.
En el siguiente video Maria Lopez Villarejo restauradora del Museo del Prado os explica como funciona
Aquí el paso a paso
- Limpieza y fijación: Se limpiaba cuidadosamente la superficie del fresco de restos de ceniza, polvo o cal. A continuación, se aplicaba un fijador, a menudo una cola orgánica soluble en agua, para consolidar los colores y asegurar que la capa pictórica se adhiriera firmemente al soporte que se iba a aplicar.
- Aplicación de las telas: Se cubría la pintura con una o varias capas de telas de algodón o lino, empapadas en una cola caliente. Era crucial que las telas se adaptaran perfectamente a la superficie, sin dejar burbujas, para garantizar que la fuerza de adhesión fuera mayor que la que unía la pintura a la pared.
- El «strappo» o arrancamiento: Una vez secas las telas y la cola, se procedía a arrancar la capa pictórica de la pared. Este era el momento más delicado. Tirando de un extremo de la tela, a veces con la ayuda de una espátula, se lograba despegar la fina capa de pintura, enrollándola progresivamente para evitar que se rompiera.
- Reubicación: La pintura, ahora pegada a la tela, se extendía sobre una superficie plana. Se aplicaba una nueva capa de soporte y, una vez consolidada, la tela original se retiraba, revelando el fresco en su nueva ubicación.
Una vez extraídas eran trasladadas al Palacio Real de Portici y, posteriormente, al Museo Borbónico (predecesor del actual Museo Arqueológico Nacional de Nápoles). Esta práctica, aunque criticada hoy en día (volvemos a lo de a toro pasado) sería fundamental para su supervivencia. (cómo no)
El Museo de Nápoles se convirtió en el principal depositario de los hallazgos de Pompeya y Herculano, y sus salas se diseñaron para albergar estas colecciones de forma permanente.
Los frescos eran montados en marcos en soportes de madera y exhibidos en las salas del museo, donde se convirtieron en un referente del arte antiguo.
Estas pinturas se han clasificados en cuatro estilos diferentes que no se suceden cronologicamente, sino que se superponen el tiempo.
Primer estilo o estilo de incrustación (siglo II a.C.): Este estilo se caracteriza por imitar, mediante estuco y pintura, incrustaciones de mármol y otros materiales valiosos. El objetivo era dar la sensación de que las paredes estaban cubiertas con bloques de piedra lujosa, sin la necesidad de utilizar materiales reales.
Fragmentos de muros de la Casa de Salustio en Pompeya, que imitan bloques de mármol con una técnica de estuco y pintura. Hay que decir que de este estilo y de esta casa (ya he dicho que se superponen) hay más en la propia Pompeya que en el museo)
Segundo estilo o estilo arquitectónico (siglo I a.C.): Aquí la pared deja de ser un simple plano y se transforma en una ventana. Los pintores utilizaban la perspectiva para crear la ilusión de una arquitectura falsa, con columnas, frisos y vistas que se abrían a paisajes y jardines ficticios, dando una gran sensación de profundidad. Ejemplo notable: El famoso fresco de Perseo y Andrómeda, procedente de la Casa de los Dióscuros. Esta pintura muestra una escena narrativa en un marco arquitectónico detallado que da una gran sensación de profundidad.

Tercer estilo o estilo ornamental (finales del siglo I a.C. – mediados del I d.C.): Este estilo se aleja del ilusionismo arquitectónico. Los muros se vuelven planos de nuevo, con colores intensos y fondos monocromos. La decoración se centra en finos elementos ornamentales, como delgados pilares, guirnaldas y figuras pequeñas y estilizadas, a menudo en el centro de los paneles. El fresco de Medea, procedente de la Casa de los Dióscuros. Muestra a la heroína clásica en una pose melancólica en el centro de un panel liso, rodeada de delicados elementos decorativos. Es un gran ejemplo.

Cuarto estilo o estilo intrincado (mediados del siglo I d.C.): El último estilo es una mezcla de los tres anteriores, fusionando el realismo arquitectónico con la fantasía ornamental. Los muros se recargan con elementos arquitectónicos falsos y con una gran variedad de temas: paisajes, escenas mitológicas, retratos y bodegones, creando una apariencia muy barroca y teatral.
Ejemplo, ell fresco de Marte y Venus, también de la Casa de los Dióscuros. insisto en lo de que los estilos se superponen

Estas pinturas, al margen de ser el testimonio de la maestria de los artistas romanos. Son una cronica de la vida cotidiana de sus habitantes. A traves de ellas podemos conocer sus gustos, intereses, vemos retratos de personas que vivian en aquella ciudad, paisajes, naturalezas muertas y escenas de la vida cotidiana. Hasta pintura erótica, porque el sexo tambien es parte de la vida cotidiana.
Lo reconozco, la primera vez que las vi, me emocione, era como tenerlos allí delante explicandome sus vidas. Mi pobre marido andaba por allí esperando a que se me pasase el «momentum» que no se queje que el cuando se encuentra con un mapa alli se queda.
En fin que cada loco con su tema, y me ratifico en lo de mi madre, que no hay mal que por bien no venga.






