Los embajadores – Hans Holbein el joven

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Los embajadores – Hans Holbein el joven

Hoy quería hablar de un must de la National Gallery. Uno de esos cuadros  que nunca faltan en las recomendaciones, y las visitas guiadas y que, y esto es un gran aliciente, normalmente salvo que en ese momento haya un grupo de japoneses delante, se puede contemplar con relativa tranquilidad. Porque da la casualidad de que no estoy hablando de un Van gogh o un Da Vinci.

El cuadro de hoy es obra de Hans Holbein nacido en 1497 en  Augsburgo. Hijo de una reconocida familia de artistas que aprendió el oficio en el taller de su padre junto a su hermano Ambrosius. En 1515 se traslado a Basilea (Suiza) donde trabajó como ilustrador para impresores y realizó sus primeros retratos.

Debido a la inestabilidad política y religiosa en Basilea, Holbein viajó a Inglaterra. En su primera estancia (1526-1528), fue recibido por Tomás Moro, a quien retrató. Regresó  en 1532 y, poco después, en 1536 se convertiría en pintor de la corte de Enrique VIII.

El cuadro del que quería hablar es el conocido como “Los embajadores”

Un cuadro de una perfección casi absoluta, repleto de detalles, pequeños o no. Un cuadro, de esos que, si quieres te puedes montar una película o mejor una serie. Con este cuadro tienes para cuatro temporadas como poco.

Los protagonistas son Jean de Dinteville, a la izquierda, embajador de Francisco I rey de Francia y a la derecha  Georges de Selve, obispo de Lavaur y amigo del anterior. Dos personajes que, en aquel momento histórico eran particularmente importantes. Cuando Holbein pintó este cuadro Europa, un concepto que en aquel momento no existía, estaba inmersa en una época de agitación religiosa.

Enrique VIII, estaba a punto de romper relaciones con la Iglesia católica, ya que el Papa se negaba a anular el matrimonio con su primera esposa, Catalina de Aragón. 

El mismo año que Holbein terminó el cuadro,  Enrique VIII se casaba con su segunda esposa Ana Bolena. Independizando la iglesia de Inglaterra de Roma. Os recuerdo que, a día de hoy, el rey de Inglaterra sigue siendo cabeza de la iglesia anglicana. Haciendo buena la teoría, una vez más, de que “tiran más dos tetas que dos carretas”. aunque a Ana no acabó de salirle bien.

La ruptura de los lazos religiosos y políticos con la Europa católica preocupaba a Francisco I, rey de Francia y Dinteville era su hombre en Inglaterra.

Como he dicho este cuadro esta lleno de detalles y curiosidades como el hecho de que este cuadro está firmado, algo que no era muy habitual, en la época, pero que en esta ocasión sí lo hizo. Su firma se puede ver en el suelo de mármol detrás de la figura de la izquierda. 

Otra curiosidad es que se sabe la edad de los protagonistas. En las inscripciones en latín en la vaina de la espada de Dinteville y en el borde del libro en el que se apoya Georges se puede leer «aetatis suae 25», Veinticinco años uno y veinticuatro el otro.

Quién encargó el cuadro no se sabe a ciencia cierta, pero es probable que fuera a iniciativa de los propios protagonistas. Algunos estudiosos hablan de lo mal que llevaba Dinteville su larga permanencia en Londres, donde tuvo que permanecer allí para la boda, y el posterior nacimiento de Isabel y su bautismo al que asistío en representación de Francisco I, padrino de Isabel I.

La correspondencia que se conserva revela que Dinteville se sintió muy descontento durante su prolongada visita. Se describió a sí mismo como «el embajador más melancólico, cansado y agotador que jamás se haya visto», pero la llegada de su amigo, quien estuvo brevemente en Londres de abril a junio, lo animó. 

Fuera cual fuera el motivo, lo importante es que dio pie al magistral trabajo de Holbein.

Los retratos de la época solían incluir objetos como instrumentos musicales, monedas, libros o flores, que al tiempo que enriquecían la composición dando pistas sobre las aficiones, gustos y también datos personales de los representados.

«cosas» como las que se ven en este cuadro:

El estante superior muestra instrumentos utilizados para medir el tiempo, la altitud y la posición de las estrellas y otros cuerpos celestes. En el extremo izquierdo se encuentra un globo celeste, que representa la posición de estrellas y planetas; un curioso multifacético, con forma de caja y diales en cada cara, que se denomina dial poliédrico, un tipo de reloj de sol.

Estos objetos fueron fabricados por el astrónomo real de Enrique VIII, Nicholas Kratzer: el retrato que Holbein pintó  muestra a Kratzer construyendo una esfera poliédrica (Louvre)

El estante inferior está dedicado principalmente a la música. Dominado por un laúd, con su estuche abandonado boca abajo en el suelo; con una de las cuerdas rota. 

El libro de la izquierda es un libro de aritmética, abierto con una escuadra en la página correspondiente a la división matemática.

Bajo el mástil del laúd, apoyado sobre un juego de flautas, incompleto,  se encuentra un himnario luterano. 

La escritura y la partitura son lo suficientemente claras como para poder leerse, lo que parece indicar que Holbein eligió deliberadamente mostrar dos páginas que no se suceden en la forma estándar del himnario luterano. Los himnos son «Ven, Espíritu Santo» y «Los Diez Mandamientos», que Georges pudo haber querido incluir porque expresan la unidad cristiana.(de esto del himno yo no tenía ni idea pero me ha parecido interesante, teniendo en cuenta el momento histórico de la época.

El globo terráqueo  incluye la aldea de Polisy, a unos 200 kilómetros al sureste de París, donde Dinteville tenía su castillo y donde durante años estaría colgado este cuadro. Un inventario de 1589 lo registra decorando el Gran Salón.

Destacables, como para estar un rato admirandolos, el brillo de la túnica de satén rosa, la rica y densa piel de lince que recubre su capa negra.

Holbein pintó los pelos individuales alrededor de sus bordes, dando la sensación de una textura suave como lujosa.

Hablando de lujos, las borlas de oro que cuelgan de la vaina de la daga de Dinteville se hicieron utilizando la técnica de dorado habitual de Holbein: pintando las hebras individualmente de un color marrón, después las cubría con una capa de mordiente de aceite que actuaba como pegamento, y encima pan de oro.  Si T-rump se entera de lo del oro, seguro que se lo pide y lo cuelga en el despacho oval que aun tiene un trocito por rellenar.. De eso tengo que hablar un día, porque me tiene obsesionada.

Pero de todos los detalles que plueban el cuadro quizá el más llamativo sea  el objeto distorsionado, con aires de ovni, situado a los pies de los protagonistas.

Los retratos renacentistas a menudo incluían  un recordatorio de la fragilidad de la vida, o memento mori.

En este caso, se trata de una calavera de tamaño considerable que solo  se aprecia correctamente si se mira la pintura desde la esquina inferior derecha. Un efecto que se conoce como anamorfosis.

En la misma línea, el cuadro incluye otro elemento inquietante, más que nada porque esta semioculto. En la esquina superior izquierda del cuadro, apenas visible tras la cortina de damasco verde, se intuye, más que se ve, un crucifijo.  Ya he avisado antes sobre lo de la serie.

Hasta aquí mis comentarios acerca del cuadro y sus elementos llamemosles curiosos, que no lo son tanto.

Y para rematar, qué me decís de ese «segundo ojo» que parece insinuarse dentro del de George de Selve. No me negareis que mosquea un poco.

Si vais por Londres y visitáis la National Gallery no dejéis de dedicarle un ratito. Muy cerca hay otro must» el retrato de Richelieu, pero lo dejo para otra visita.

See you


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