El lunes me di el enorme gustazo de asistir al debut de Lise Davidsen en uno de los roles míticos wagneriano, al menos en mi ranking personal.
Tristán e Isolda, junto con Lohengrin y Parsifal constituyen mi particular trilogía wagneriana.
Esta función era un «imperdible» y prueba de ello era el llenazo que registró el teatro.
Un llenazo wagneriano, lo que quiere decir que además de los habituales «locos por Wagner», mi cuñado incluido, había una buena representación de peregrinos musicales, de esos que viajan por el mundo a la caza de ese momento inolvidable que seguro será la envidia de sus vecinos de teatro.
Como aquel señor que se paseaba por la platea con blusón plisado, broche en el cuello, bastón de mando tan alto como su hombro y chistera, sí, sí, chistera.
Eso aun no lo había visto y no sé si lo volveré a ver.
La expectación era máxima. ¿cumplió las expectativas? pues opiniones tantas como público. Ya se sabe, los negacionistas de siempre, para los que cualquier tiempo pasado fue mejor. O los quejicas entre los que, en este caso, me incluyo.
Para mi Davidsen estuvo enorme, y no me refiero a su altura, destacable. En mi modesta opinión fue una Isolda para recordar.
Mi amigo Ramon se quejaba de una cierta frialdad. Pero hombre, qué esperas, es nórdica.
El tenor, salvó el papel.
Pero ya sabéis que lo de los tenores es un tema recurrente. En este caso, sin filtro amoroso de por medio la cosa no funcionaba, y me temo que no tomó bastante dosis. Vamos que, desde mi butaca salvó pero poco más, quizás si su oponente no hubiera sido quien era le habria ido mejor, pero era Davidsen .
Y claro si Tristan no acababa de funcionar pues el dúo infinito del segundo acto cojea, digamos que no me emocionó lo suficiente para salir levitando. Los otros solistas estupendos.
Otro aspecto que cojeaba, aunque era de prever, fue la puesta en escena. Sosa, oscura «cómo no», con su dosis de fuego.
Una puesta en escena sin ningún aliciente, con acumulación de tópicos: plataformas giratorias, estrellitas en el cielo, brilli brilli cayendo de las alturas. Todo muy «original». A lo que hay que sumar unos pelucones rancios, que recordaban a los de la Caballé de los setenta, (vete a saber el porqué de ese aspecto como apolillado)
Vamos, que con un poco de suerte dentro de un tiempo no recordaré nada salvo, el soufflé de metros y metros de gasa y organdí con tantos brillos que a taylor swift le hubiera encantado. Francamente Davidsen no se merecía pasar a la historia de la ópera, como la reencarnación de Frozen.
Con puestas en escena así acabas deseando las versiones concierto que te permiten gastarte los dineros en otras cosas más útiles, como buenos cantantes o grandes directores.
Pero a veces las óperas son como las medicinas malas que con un poco de azúcar o, como en este caso, con Wagner, hasta te lo tragas.
Yo me lo tragué hasta que vi esto:
No, va a ser que no. Que la ficha artística la encabece la dirección de escena, no, simplemente no.
Que el último nombre que aparece en ella sea el de la directora, no, simplemente no. La ópera es música, después échale lo que quieras y si es bueno, mejor, pero antes está la música.
Quejas al margen, el 27 vuelvo a ello, esta vez sin visión, así que me ahorraré la versión Frozen.
Saludos.







