Unos dicen que 2012 es el año del fin del mundo. Para otros es el año del dragón, creo. Algunos optimistas dicen que es el año del fin de la crisis, yo a esos los llamo somiatruites (lit. sueña tortillas) Para mi y hasta el mes de julio, es sin duda el año de las muletas.
Todo empezó el 16 de enero cuando puse mi rodilla izquierda en manos del equipo del Dr. Margalet, especialmente de la Dra. Vallejo, un encanto de mujer . Todo fue muy bien, pero claro estas cosas llevan su tiempo, más cuando no es la primera vez que pasas por el planchista. En esas estábamos, en la recta final de mi proceso de recuperación, cuando el pasado martes 24 de abril, a eso de las 2 de la tarde me dirigía a mi casa de vuelta de una reunión en el Liceu, cuando al tomar una curva de repente me encontré un coche circulando en sentido contrario por mi carril.
No, no he visto pasar mi vida ante mi, menudo paliza de película y tampoco luces blancas, lo que si era blanco era el otro coche.
– Señora contra que ha chocado – preguntaba un señor mientras yo flotaba en una nube de adrenalina.
– Un coche blanco.
– ¿Un coche blanco? está segura – preguntaba el señor.
El coche blanco origen de este post había saltado el guarda rail y en ese momento pastaba apaciblemente en el campo de coles de Can Cues. Adonde yo también habría ido a parar de no haber tenido lucidez suficiente como para echar el freno de mano.
Mi teoria es que semejante despliegue de medios se debió a que quien quiera que fuera que atendía el teléfono de emergencias en ese momento, al escuchar «choque frontal y uno de los coches ha caído por un barranco» (que no es barranco pero se parece) ha activado algún protocolo cuyo resultado ha sido (espero no dejarme a nadie) : 3 ambulancias 3, 6 coches patrullas de la policía local 6, 1 coche de los mossos, 3 coches de bomberos 3 y cuando yo estaba allí dentro de un modesto Yaris siendo «excarcelada» (esa palabra la utilizaban ellos porque a mi me da muy mal rollo) Bueno pues en ese preciso instante, cuando yo me hallaba en brazos de un aguerrido bombero, entonces es cuando escuché el nada discreto ruido de…. Un helicóptero.
– Eso no será por mi, verdad? – pregunté
– Es el protocolo – contestó mi hermoso bombero.
– Dios qué vergüenza.
Conste que los bomberos no dejaron de felicitarme por haber actuado como debía, es decir quedarme quieta. Cosa fácil cuando entre otras cosas no puedes abrir las puertas.
En un primer momento lo vi todo como muy desmesurado, pero después pensando en lo que pudo ser y por suerte no fue; calculando las posibles consecuencias de un coches despeñado, que muy bien podría haber provocado un incendio, pues no sé quizá no fue tan desmesurado.
Si os estáis preguntando qué me pasó?. Pues digamos que tengo el cuello ligeramente escorado a la derecha, sin connotaciones politicas, que mi columna ha perdido mucha de su mobilidad, porque tanto las dorsales como las lumbares están así como asustadas, pero bueno todo eso con paciencia y recuperación se pasará, el problema el verdadero problema es la Ley de Murphy, aquella que dice que «a perro flaco todo se le vuelven pulgas». Pues mi perro flaco no son Hobbes ni Patton, mi perro flaco es mi rodilla izquierda esa que ya casi estaba bien, y que ahora tiene un chichón (al revés), justo en el punto de inserción del implante, la misma que luce un precioso estampado desde el rojo carmesí al verde espinaca, la misma que por su cuenta y sin pedir mi autorización de tanto en tanto se va para atrás o para un lado o para el otro.
Pues eso que vuelvo a ir con muletas a la espera de la conocer la autentica dimensión del estropicio.
Conclusión:
Viajar en ambulancia no es en absoluto agradable (y conste que fueron con cuidado)
SIEMPRE SIEMPRE SIEMPRE, usad el cinturón de seguridad.
Sed prudentes y no olvidéis que aun siéndolo podéis acabar en brazos de un bombero y aun gracias,







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