
Pues sí, la verdad, muy linda puesta de sol sobre el Támesis la que esta tarde he tenido la oportunidad de fotografiar desde Bishop’s Park a donde había ido a caminar, no pasear. A paso ligero desde casa unos 15 minutos, diez más hasta el punto desde donde he hecho la fotografía y vuelta a casa. Algo más de los preceptivos 40 minutos que dicen debo andar así como si perdiera el autobús para mantener mi envoltorio en buen estado. Lástima que esto sea Londres, porque al poco de tomar la foto ha empezado a llover y cuando mi yerno ha abierto la puerta de casa se ha encontrado con la versión pato de su suegra. En fin, que vuelvo a estar en Londres. Y de momento lo más destacable de esta nueva entrega de mis «crónicas británicas» se sitúan un poco más arriba en las alturas. mas o menos por ahí.

Mas o menos por ahí es donde conocí a Daisy, una mujer con un montón de horas de vuelo encima, que lleva media vida cruzando el cielo. A pesar del nombre es española, vive cerca de Barcelona pero su puesto de trabajo, por así decirlo está en Londres. dicho así suena raro, pero para ella que en un par de meses da unas cuantas vueltas al mundo lo de «fichar en el trabajo en Londres» e irse a dormir al Vallés es como para mi coger el tren en Plaza Cataluña i comer en Alella. Gracias a ella el viaje se me hizo corto, más de lo habitual y fructífero porque gracias a ella pude saber, al menos un poco, como es la vida de esa gente que pasa la mayor parte del tiempo a 11.000 metros de altura. Y por lo que me dijo una cosa me quedó clara, si te gusta puede ser el mejor trabajo del mundo. Si pretendes compatibilizarlo con la vida familiar, la cosa se complica. Mas o menos lo mismo que poco antes de conocerla me explicaba el piloto de mi vuelo un señor en extremo amable con el que aun no sé muy bien como ni porqué acabe manteniendo una agradable charla de casi media hora tiempo que necesitó AENA para cambiar tres veces la puerta de embarque y decidir donde estacionaba el avión.
Pero lo más destacable de este vuelo no fue, el que una vez más Francia se escondiera tras las nubes, que el viento soplase de sudoeste o que Daisy me convenciera definitivamente de que esto de los aviones es más seguro que ir en bici. No, lo que ha marcado este viaje y me temo que marca un antes y un después en los desplazamientos allà donde sea que en el futuro esté mi hija, eso tan trascendental viajaba dentro de mi maleta.

Si, eso es exactamente lo que parece. Aquí antes de empaquetarlas

Ya en otras ocasiones he hablado de lo mucho que me gustan las alcachofas y la imposibilidad total de encontrar alcachofas «de las de aquí» en Londres. No sé si fue un momento de iluminación pero cuando estaba comprando los preceptivos fuets de cada viaje. De repente pensé. ¿porqué no? Y allí me tenéis cocinando 2 kg. de alcachofas. Conste que estuve mirando la normativa y las alcachofas cocinadas estan muertas y muy muertas así que no incumplen las restricciones británicas a la entrada de plantas vivas, obviamente no son un liquido,no son cortantes al menos si las pelas bien y por supuesto soy lo bastante buena cocinera como para que no puedan ser consideradas material explosivo. Bueno si comes muchas quizas si, pero eso es mas tarde. En realidad lo más peligroso es que la bolsa se rompiera y me desgraciara la ropa.
Ya en mi anterior viaje la persona encargada del scanner en la T1 me preguntó adonde iba. No porque fuera sospechosa, sino porque:
«es que llevo dos semanas aquí en este sitio y no paran de pasar maletas con fuets chorizos, jamon»
Ahora alguien podrá decir aquello: «no te imaginas lo que he visto pasar hoy en una maleta»
Hoy nos hemos zampado una supertortilla de alcachofas que ha recibido todos los elogios de mi hija y yerno. El problema es que ahora he abierto la caja de pandora y de eso a llevarme unos calçots, va un paso. En fin todo sea por los hijos.
Bueno, a ver cómo me levanto mañana, espero que el remojon de hoy no haya tenido mayores consecuencias, porque los refriados made in UK son jodidos.






