Dentro de nada esa dulce criatura de ahi abajo cumplirá dos años. Su llegada a la familia fue bastante sorprendente porque si algo no nos esperabamos es que llegado el momento en que mi hijo se independizara y decidiera tener su propia familia, de momento en forma de perro, la elección pesará a duras penas un kilo. Sin animo de ofender a nadie pero cuando su hermano conoció a la pequeña lo primero que dijo fue: «hazle una camiseta que ponga «mi amo no es gay»
Y es que la verdad es que la perrita a priori parecía no encajar mucho con el caracter de su dueño acostumbrado a contar por decenas el peso de nuestros perros perros. Pequeña, pelo corto, ladradora, nerviosa, inquieta yo creo que si acabamos aceptandola fue porque es lista y sabe que si ladra más de la cuenta corre el peligro de convertirse en la primera perra voladora y por el acierto de mi marido único responsable de su nombre.
Es fantastico poder decir: Merkel! sientate. Merkel! ahi no!. Merkel! baja la prima de riesgo. Merkel! – dijo Y con Merkel se quedó Enseguida supo hacer amigos lo del tamaño es una anécdota con no pasar por delante de sus narices cuando inspira asunto arreglado.
Es rápida como ninguna, 10 metro de Hobbes o Pattona son un kilometro suyo con tantas idas y venidas. Lola juega en otra liga.
A lo largo de su aun corta virda ha manifestado una especial entereza ante las duras pruebas que el destino ha puesto en su camino.
REsumiendo que ya sea dando saltos espasmodicos por encima del nivel de la mesa, algo muy meritorio dado su tamaño, por su empeño en limpiar los bigotes de Lola,
por su tenacidad en demostrar quien está más al loro de todo, por lo bien se esconde debajo de las mantas, por lo formalita que sabe ir en coche en general por ser tan lista. Merkel ha sabido ganarse el afecto de la familia. Lo que ya no me esperaba es que fuera una perra asesina.
Hacia unas semanas que esta pobre y bastante estúpida perdiz se paseaba tan feliz por delante del porche de casa hasta que llegó merkel y sus fauces terroríficas.
La verdad es que verla allí en un rincón del jardín con la perdiz, casi tan grande como ella misma en la boca, defendiendo la presa ante los nada despreciables Hobbes y Patton, resultaba impactante. Desde ese día la miro de otra forma, la verdad es que siempre le he visto un aire como de gremlin. 







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