Siguiendo en la línea de ese Nápoles que no todos visitan, hoy toca el palacio y los jardines de Capodimonte, que como su propio nombre indica esta en lo alto de una colina.
Como en alguna ocasión he dicho cuando vas a Nápoles estaría bien repasar un poco la historia concretamente a la época cuando los borbones reinaban en Nápoles.
Uno de ellos fue Carlos de Borbón, que accedió en 1734. Uno de los retos que tuvo que afrontar, no fue tanto las dificultades de sus súbditos, que seguro tenían como donde meter el montón de «trastos» con perdón, que ahora para nosotros son , sin duda, obras de arte, que el monarca heredó de su madre Isabel de Farnesio.
Se trataba de importantes colecciones, así en plural, compuestas por pinturas, dibujos, bronces, objetos de arte y mobiliario además de medallas y monedas, gemas, camafeos y material arqueológico diverso.
Algo así como el Victoria & Albert Museo de Londres, pero todo de una familia.
Unas colecciones que, en aquel momento, estaban desperdigadas por diversos palacios de la familia. De entrada la colección fue a parar al Palacio Real de Nápoles pero eso fue momentáneo.
El 10 de septiembre de 1738 se inauguraron las obras del nuevo Palacio Real de Capodimonte que nació como coto de caza del rey y que posteriormente seria residencia real durante tres dinastías, los Borbones, los soberanos franceses Giuseppe Bonaparte y Joachim Murat y los Saboya tras la unificación de Italia.
En 1739, se nombró una comisión de expertos para estudiar la disposición más adecuada de una parte de las colecciones llegadas de Parma y , en ese momento, se decidió reservar para las pinturas las salas orientadas al sur y al mar, porque eran más secas y mejor iluminadas , Mientras que para los libros, medallas y otros objetos se eligieron las llamadas «trastiendas», que daban al bosque.
Antes del saqueo llevado a cabo por las fuerzas napoleónicas en 1799, las pinturas ascendían a 1783; de hecho, además de la colección farnesiana, ya se exhibían obras de la colección borbónica. Pero llegaron los franceses, y como tenían costumbre, allà por donde pasaban dejaban huella y se llevaron más de 300.
La colección/colecciones es tan heterogénea y amplia en el tiempo, que visitar Capodimonte es como leer un manual de historia del arte en Italia desde el siglo XIII hasta nuestros días.
Allí encontrareis obras maestras de artistas de todas las escuelas de pintura italiana, toscana, veneciana, emiliana, napolitana, romana, pero también una gran representación de pintores flamencos.
El recorrido pasa por ambientes suntuosos, como la Sala della Culla y el Salone delle Feste, y lugares privados como la Alcoba Pompeyana.
Incluye retratos familiares, objetos de arte y decoración y productos de lujo de las manufacturas borbónicas, como porcelanas, armas, sedas y tapices.
Podreis ver obras de Tiziano, Michelangelo, Raffaello, Caravaggio, Bellini, Botticelli, Masaccio, Mantegna, Rosso Fiorentino, Correggio, Parmigianino, Lotto, i fratelli CarraccGoya, El Greco, Luca Giordano, Ribera, Artemisia Gentileschi, Van Dyck, Simone Martini, Warhol, y el famoso retrato de Maradona del que hablé días atrás.
Todo esto sin apenas gente (yo fui entre semana) pero digamos que el grueso de los turístas que visitan Nápoles no llegan hasta allí, Anna Netrebko, cuando va de turista, que es siempre que no canta, sí que ha ido, lo enseñó en su Instagram.
Claro que en medio de tanto arte y belleza os podéis encontrar con lo que para mi es un PONGO de campeonato.

No penséis en comer nada allí, porque la cafetería deja mucho que desear.
Eso sí, al terminar la visita podéis descansar en los jardines que tienen el aliciente añadido, si el viento es a favor, de ver la panza de los aviones que se dirigen al aeropuerto.
El Palacio de Capodimonte cae un poco lejos del centro, en lo alto del barrio de la Sanita, podéis ir en taxi o sacar a la luz vuestro yo aventurero y tomar un autobús.
A la ida como era en subida la cosa fue llevadera, pero a la vuelta.
Bueno, la vuelta fue otra aventura. (nótese el número del autobús en una hoja DINA4 pegado al cristal con celo) El vídeo no le hace justicia ni a la «pericia» del conductor ni a la cara de terror de mi marido que he obviado porque no tengo previsto un divorcio.
Solo diré que a la vuelta en el avión avisaron de turbulencias, y sí las hubo y de las que se hacen notar, pues nosotros como si nada. Es lo que tiene los autobuses napolitanos
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