Cuando yo era niña, calculo que unos ocho o nueve años, un día volvía a casa del colegio a eso de las 12 del mediodía, porque en aquella época la mayoría de los niños comían en casa (era otro universo temporal) . Cuando a pocos metros del portal escuché un maullido, en el alcorque de un árbol, envuelto en papeles de periódico había el gatito más lindo del mundo.
Yo lo veía con ojos de niña, falta de mascota; pero mi madre lo vió con ojos de madre y poco después el gatito volvía a estar junto al árbol esta vez envuelto en una toalla (imagino lo que le dolió a mi madre esa toalla) con un poquito de leche y algo de comida.
Aquello fue un trauma, yo creo que ese es el motivo por el que ya como madre nunca he sabido decir que no a según que cosas. Decirlo, la verdad es que lo he dicho pero nunca con la suficiente contundencia, visto lo visto.
Por eso cuando un día, hace de esto muchos años, mi marido se presentó en casa con una codorniz que solo Dios sabe como aterrizó en el capó del coche en plena Gran Via, yo salí a comprarle una jaulita. A los pocos días supimos el porqué de aquel extraño aterrizaje, porque aquel bicho era capaz de despertar a todo el vecindario, la codorniz acabó en el huerto del abuelo que por entonces tenía gallinas y otros animales y que por suerte dormía en otro sitio. La codorniz fue nuestra primera adopción, después con los años fueron llegando otros animalitos.
Se quedó hasta que un día se largó. Mi hija tuvo un disgusto enorme y al poco tiempo mi marido le trajo un siamés.
Yo creo que ahí viene la inclinación de mi hija hacia los gatos. Mi hija ya no vive en casa, más o menos, pero su gato, su cuarto gato sí. Porque los hijos se van pero los gatos se quedan y este parece decidido a quedarse mucho tiempo, tiene ya 12 años y un larguisimo historial de heridas en combate, que alegran la cuenta corriente de mi veterinario y ponen la mía a caldo, pero claro qué se le va a hacer. Mi hija no está en casa pero en su casa con la excusa de que un perro demanda más atención tiene dos gatas o mejor dicho dos albondigas con patas, así están ellas de hermosas.
La última adopción no ha sido un gato. Alguien podría decir que esto no es una adopción, sino una recogida, pero yo estoy más por lo primero.
Nuestra última adopción, mejor dicho la última adopción de mi hijo, llevaba este cartel colgando del cuello
(¿Me quieres? Me regalan)
Este cartelito colgaba del cuello de….. de una abeja.
Sí una abeja, esta abeja.

Pues si, el resultado de una noche dantesca por parte de algun publicista o director de Marketing ha acabado en mi casa y allí lleva ya varios días.
Por si a alguien le interesa la abejita en su base lleva un dispositivo que cuando pasas por delante dice algo así como
Entra en la farmacia y pide unas …
si hay alguien interesado, no tienen más que enviarme un e-mail y estaré de encantada de hacersela llegar, ¡ah! no es hinchable, es así tal cual la veis.









Deja un comentario