Las naturalezas muertas o bodegones de Francisco de Zurbarán (1598-1664) ocupan un lugar único en el Barroco español. A diferencia de las opulentas y sobrecargdas composiciones flamencas o italianas de la época, Zurbarán destaca por una aparente sobriedad, su silencio visual y una profunda carga trascendental. Se conservan muy pocos bodegones independientes (muchas de sus naturalezas muertas están integradas como detalles dentro de sus grandes obras religiosas), en todos destaca una clave conceptual fascinante: el doble sentido entre lo cotidiano y lo místico.
Entre todos ellos hay que destacar dos:
Bodegón con limones, naranjas y rosa (1633)
- Ubicación: Norton Simon Museum (Pasadena, EE. UU.)
- Dimensiones: 62,2 cm × 109,5 cm

Es la única naturaleza muerta independiente firmada y fechada por Zurbarán lo que la convierte en una pieza de referencia absoluta para comprender su catálogo. El cuadro es una auténtica explosión de color y un verdadero poema teológico en torno a la devoción mariana.
Se trata de una composición en tríptico, a diferencia de la linealidad de otras obras, Zurbarán organiza el espacio en tres grupos independientes que forman una clara estructura tripartita o piramidal, evocando sutilmente a la Santísima Trinidad.
Destaca el contraste plástico entre la piel rugosa y el amarillo chillón de los cuatro limones de la izquierda, la densidad naranja de las frutas del centro con sus ramas y flores de azahar intactas, y la levedad sutil de la rosa de la derecha. Ninguno de estos elementos está elegido al azar. Las naranjas con flores de azahar encarnan la maternidad/virginidad simultáneas de María; la rosa posada junto al agua de la taza presagia la Pasión de Cristo por sus espinas; y la taza de loza llena de agua pura remite al Vas Spirituale (el vaso espiritual de pureza inmaculada) de las letanías.
Mas conocido, al menos por aquí es el
Bodegón con cacharros (c. 1650)
- Ubicación: Museo del Prado (Madrid)
- Dimensiones: 46 cm × 84 cm

Elcuadro de la colección Norton esta focalizado en la virgen Maria, en cambio el Bodegón de los cacharros es mucho más intenso simpre que lo veo, me imagino a un cartujo arrodillado frente a él.
La composición abandona cualquier artificio piramidal para abrazar un rigor geométrico casi moderno. Los cuatro recipientes se disponen en horizontal sobre una repisa de piedra oscura, quizá un alfeizar. No se solapan entre sí; cada vasija goza de su propio espacio. Los vacíos e intervalos entre objeto u objeto no son simples zonas muertas, tienen autentico peso en la composición y un sentido litúrgico tan rotundo como los propios cacharros. Además, al situar el punto de vista ligeramente bajo (sotto in sù), Zurbarán les da una presencia monumental. Haced la prueba, coged cualqueir objeto de vuestra casa haced una fotografia frontal y otra un poco agachados, ese vaso o ese rollo de papel higienico que habéis cambia por completo.
La luz rasante del tenebrismo entra desde la izquierda para hacer hablar a los materiales. Zurbarán enfrenta deliberadamente tres mundos táctiles:
El metal pulido (la copa o bernegal de la izquierda y los dos platos de peltre/plata), donde la luz se refleja con destellos fríos y tajantes.
La loza blanca vidriada de Triana (la jarra central de asas rizadas y la orza de la derecha), que devuelve un brillo céreo y suave.
La terracota porosa (el búcaro de indias central de arcilla roja perfumada), que absorbe la luz por completo mostrando una superficie mate y terrenal.
El «doble sentido» en su máxima cota espiritual: Este lienzo representa la materialización pictórica de la máxima de Santa Teresa de Jesús («También entre los pucheros anda el Señor»). Zurbarán priva a la escena de toda función utilitaria: no hay manos que sostengan las jarras ni sed que saciar. Nada solo los cacharros que transforma en elementos sacros sobre un altar imaginario.
El agua invisible y la pureza: Aunque no vemos el líquido directamente como en la taza de Pasadena, sabemos que son vasijas destinadas a contener agua fresca y limpia. Esa presencia implícita del agua convierte a toda la alineación en un cántico a la pureza y la castidad. Es el triunfo de la sobriedad franciscana (pensad en los monjes de Zurbaran su sencillez y su introspección) sin flores, sin frutas deslumbrantes ni símbolos devocionales explícitos, la simple alineación de cuatro vasijas de barro y metal se convierte en una de las meditaciones sobre el silencio y la eternidad más conmovedoras de la historia del arte.
Hay una cosita que muchos desconocerán y es que esta magnifica obra no es única, porque en realidad son dos. Hay otro cuadro casi exactamente igual en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.
En los talleres del Barroco español, ante el éxito de una composición de especial serenidad o devoción, el propio maestro realizaba réplicas autógrafas (hechas por su propia mano) para satisfacer a distintos clientes. Zurbarán no pintaba la escena al del natural en su conjunto, sino que estudiaba e insertaba cada objeto de forma individual sobre el lienzo. Esto explica por qué las diferencias entre la versión del Prado (46 × 84 cm) y la del MNAC (47 × 79 cm) son mínimas (ligeros matices en los reflejos del metal y las sombras), confirmando la autoría directa del maestro en ambas.
Los tecnicos consideran que el del Mnac esta, quizá, un poco mejor conservado, es verdad que es como más contrastado, pero doctores tiene el mundo de restauración para decirlo. Este es el que está en Barcelona.

Ambos cuadros eran propiedad del célebre político y coleccionista catalán Francesc Cambó i Batlle (1876-1947) que adquirió ambas versiones en el mercado internacional y que pasaron a formar parte de su colección privada.
En 1940 entrego la primea versión la museo del Prado y en 1951, dentro del Legado Cambó la segunda fue a parar al MNAC







