Desde que «descubrí» la Galeria Courtauld se ha ido convirtiendo, cada vez más, en uno de mis «must» londinense. He de decir que a eso contribuye en gran medida el que esté ubicada cerca de la Estacion de Waterloo, mi punto de entrada obligado a la ciudad.
En mi ultima visita tuve la oportunidad de conocer la obra de una escultora que para mi era totalmente desconocida, algo que suele suceder demasiado a menudo cuando hablamos de mujeres y arte. Barbara Hepworth
Barbara nació en Wakefield (Yorkshire). Ella misma ha explicado que de pequeña solía acompañar a su padre, que era agrimensor, en coche por el campo y fue en esos trayectos cuando se le quedó grabada esa idea de cómo las carreteras y los puentes cortan el paisaje y cómo el paisaje se mueve según te desplazas.

Barbara estudió en Leeds donde coincidió con Henry Moore. Tras obtener una beca de en 1924, viajó a Italia y aprendió a tallar mármol con el maestro Giovanni Ardini. Allí se casó con su primer marido, el escultor John Skeaping. De regreso en Londres, defendieron lo quehabían aprendido en Italia, talla directa sin modelos de barro o escayola.
En la década de 1930 se unió al pintor Ben Nicholson (quien se convertiría en su segundo marido). Vivieron en Hampstead, Londres, integrando el epicentro vanguardista británico junto a Henry Moore y el crítico Herbert Read. A través de viajes a París, conoció de primera mano a referentes internacionales como Piet Mondrian, Constantin Brâncuși, Jean Arp y Naum Gabo.

En 1934 dio a luz a trillizos con Nicholson. Ella misma señaló cómo esta experiencia aceleró la abstracción en su trabajo: las formas naturales desaparecieron para dar paso a una preocupación pura por las relaciones espaciales, las tensiones de los volúmenes e ideas de equilibrio dinámico.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939), se trasladó a Carbis Bay / St Ives en Cornualles. La naturaleza costera, el mar y los vientos atlánticos redefinieron su escultura. Allí vivió en el Trewyn Studio hasta su trágica muerte en un incendio en 1975.
Aunque Hepworth nunca se sentó a hacer ecuaciones para esculpir, la matemática flota por todas sus obras de forma casi intuitiva.
A Hepworth le fascinaban las superficies continuas. Sus piezas ovoides y los agujeros que atravesaban la madera o la piedra son casi ejercicios de geometría y topología pura: cómo una línea o superficie se curva sobre sí misma sin romperse.

(Stringed Sculptures): Cuando empezó a cruzar sus esculturas con cuerdas o hilos metálicos, creó verdaderas representaciones visuales de vectores y curvas parabólicas. Las cuerdas van trazando líneas rectas en el aire que, al cruzarse en ángulos precisos, forman superficies curvas virtuales (lo que en matemáticas se llama un hiperboloide o paraboloide).
Había una precisión matemática obsesiva en el equilibrio de sus piezas. Las formas huecas no están hechas «al azar»; siguen proporciones armónicas de la naturaleza (como las espirales de las conchas o la geometría de los cristales) mezcladas con la frialdad limpia del constructivismo.
La exposición de la Courtauld: «Hepworth in Colour» pone el enfasis en cómo utilizaba el color para cambiar el volumen.
En los 40, como había poco material por la guerra, empezó a trabajar en pequeño y a pintar las cavidades por dentro de blanco, azul o amarillo. Decía que pintar el interior hacía que la sombra fuera más profunda que el propio agujero, dando una sensación de espacio infinito.
El color no era para decorar; era para marcar planos y crear tensión espacial junto con las cuerdas teñidas.
Barbara hepworth fue pionera en perforar la masa de la escultura para que la luz y el aire pasaran a través. Fusionó el cuerpo humano, la maternidad y la geografía en una sola forma limpia y abstracta.
Una exposición muy interesante que ,lamentablemente no os puedo recomendar porque se acaba pasado mañana, en verano se me acumula la faena y me despisté. Sorry.





