Siempre esperándonos

Siempre esperándonos - Always waiting for us

Esta mañana he pasado revista al jardín. Mucha gente piensa que cuando el verano termina con él se acaba el trabajo. Pues no, en otoño viene lo peor. Una planta que hay que podar por aquí, un seto que parece la cabeza de Bob Marley, después está lo de abonar, pero sobretodo es cuando se les da un repaso a los árboles. Una tarea complicada y cara por eso hay que tener muy claro qué, cómo y cuando se va a cortar. A los árboles a veces hay que recordarles cosas como que el mejor sitio para una rama no es justo delante de la ventana.
Este año el record de crecimiento se lo ha llevada una encina, una encina joven que está un poco agobiada entre un pino, que ya está al final de su ciclo vital, y un gran ciprés que si no me vió nacer poco le falta.
Esa encina ha crecido un 50% de la altura que tenía el pasado año y eso es porque a sus pies descansa Shakespeare.
Hace algo de más de 14 años el 7 de julio de 1994 tuve que ayudar a Mozart (sé ya lo sé,  mis perros tienen nombres poco usuales) porque  uno de los cachorros no acababa de encontrar el camino de salida. Él fue el número de las ochos crias que tuvo.
Estuvimos un buen rato haciendole masajes en el pecho… No creo que sobreviva… les dije a mis hijos que entonces eran niños.
Pero sobrevivió. La presión familiar hizo que  mi marido accediera  a quedarnos con un cachorro y tan racional como siempre es mi marido sometió a los ocho a unas “pruebas de inteligencia”, que mejor no os explico. Ganó él. Por una semejanza física que solo mi marido supo ver se le puso el nombre de Shakespeare.

Durante años su trabajo consistió básicamente en excavar enormes agujeros en el jardín, robar calcetines, romper alfombras, rascar las puertas, especialmente la de la cocina,  sin olvidar sus obligaciones que eran perseguir al gato, despertar a los niños, entrar con la patas sucias en casa y excavar agujeros muchos agujeros.
Cuando estaba limpio, cosa que duraba poco, era un perro espectacular con aquella increíble mata de pelo blanco y gris, sus ojos color avellana. Su puesto de trabajo estaba en lo alto de la rampa desde allí controlaba nuestros movimientos y los del vecindario.

Hará unos tres años empezó a fallarle el oído, pero seguía reconociendo mi coche, el del vecino y el  ruido de su pote de comida. Antes de sentarnos a comer, daba tres o cuatro vueltas alrededor de la mesa y cuando estabamos todos, él se sentaba a un lado y allí permanecía hasta que recogíamos los platos.

Un día empezó a perder la cuenta de las vueltas que daba y había que paralo. Sus ojos se cubrieron de niebla y tropezaba con las plantas y a pesar de que seguía corriendo con sus compañeros, en muchas ocasiones había que ayudarle a levantarse del suelo.
Pero a pesar de la ceguera, la sordera y los dientes gastados él siempre tenía hambre. Mi marido decía que … el día que no coma se habrá acabado…
Hace un año, un día Shakespeare no quiso comer y desde entonces está en el jardín entre un viejo ciprés y la encina joven.

Hasta mañana.

54 Replies to “Siempre esperándonos”

  1. I read your story about shakespeare, and i reconized the part of letting your dog go, we had to let our Nike go.
    Its a difficult dissicion to let our dogs go to the rainbow bridge we want to keep them on our side forever but i know one thing for sure they will be waiting for us when we arrive ourself. The pain must be great, but remember the joy Shakespeare give you

    with regards and a big paw from Rhea and Lisa

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